Decreacion en Le Monde en español diplomatique.

Anne Carson: el placer y el dolor de la creación
José de María Romero Barea



La prosa densa, el flujo de la conciencia que informa la poesía de Anne Carson (Canadá, 1950) es el equivalente literario a instalarnos en la mente de otra persona, que no es otra que la propia Carson, mientras reparamos en las idas y venidas de sus pensamientos, en los temores tras de sus ojos. La cercanía de ese personaje, la propia autora, invita a nuestra comprensión de los que nos rodean. Eso hace que su poesía sea tan absorbente. La familiaridad es una prueba de la habilidad con la que están escritas unas composiciones que, en unos cuantos versos, logran captar con precisión la naturaleza de ciertas personas: ciertos rasgos, manías y maneras que no son sino las
nuestras; otras vidas, otros mundos, tan parecidos a este.

La autora se dirige a su yo futuro que no es sino el lector que algún día leerá el poema que está escribiendo. Los mecanismos del proceso creativo se exponen de forma estremecedora. Encontrar una forma para capturar el pensamiento, el sentimiento y el
flujo del tiempo es una cuestión que Carson aborda de manera innovadora en toda su obra y su poesía le permite experimentar libremente. Lo apasionante de la vida diaria, el dibujo con ideas brillantes del mundo externo, se alterna con los paseos nocturnos, la guerra, las ruinas desoladas.

Todos hemos experimentado alguna vez los sentimientos capturados en sus libros: de la intensa ira y al resentimiento, de la irritación irracional pero aguda al deseo de convertirnos en algo que nunca seremos y la decepción consiguiente. Pero, sobre todo, un forcejeo con el estilo para dejar constancia del paso del tiempo y la forma en que nos deteriora o nos enriquece, todo ello a través de un espíritu amable, con irónico sentido del humor. Leyendo a la poeta canadiense, la sentimos como alguien familiar, cuyos poemas nos tocan de cerca. Como si la conociéramos de siempre, como si lo que nos cuenta fuera más interesante que nosotros mismos.

Decreación

Los poemas de Decreación (Vaso Roto, 2104) de Anne Carson trascienden los límites de la poesía. Son artefactos vibrantes, pulidos; experimentan con ritmos que resuenan en la belleza y la sencillez del lenguaje coloquial; siguen una línea de pensamiento que discurre a través de la autobiografía; y sobre todo, se solazan en un interminable juego lingüístico que roza el neologismo. El comunicado de prensa adjunto nos dice que “sus formas son diversas: libreto de ópera, guión para la pantalla, poema, oratorio, lista de pendientes, rapto”; el grabado de cubierta (en la imagen), a cargo de Víctor Ramírez, despliega un entramado de líneas que convergen y que bien pudieran ser las de un poema, un texto narrativo o una partitura.

Se vierte al castellano por primera vez Decreación (publicado originalmente en 2005), un texto híbrido y poliédrico, escrito por una de las inteligencias más preclaras de la literatura contemporánea. En él, se aspira a cifrar el humano anhelo, “la antigua lucha entre hálito y muerte” (“Sin puerto alguno”). En la sección “Paradas”, que inaugura el poemario, el amor es un sentimiento ambivalente, que se enfrenta a la contradicción de ser a la vez cotidiano y profundo: “Fuera / de la ventana la nieve cae en líneas rectas. A mi madre, / amor / de mi vida, le cuento lo que almorcé. Las líneas caen ahora/ más / deprisa. El destino añade pesos en los extremos (para apresurarnos) / quisiera / decirle: es señal de la misericordia de Dios. Ella no me retendrá / dice, ella / no me pasará factura”. No hay lugar para la ambigüedad, en este poema, el lenguaje es capaz de llegar a la esencia. “Líneas” es una declaración de amor doble: tiene lugar en la conversación y en el propio poema. Las palabras clave quedan al final de las “líneas” del título: “fuera”, “amor”, “deprisa” “quisiera”. A medida que las hileras de la poesía y las de la nieve “nos apresuran”, la madre, a punto de llegar al final de su vida, se niega a retener a su hija por más tiempo.

La sección “Sublimes”, fusiona lo humano con lo que se considera abstracto. A pesar de las alusiones a Longino y Antonioni, lo que Carson crea no es tanto un palimpsesto como un caleidoscopio, capaz de llegar al corazón del deseo. En “Sinfonía del suspiro de Guillermo”, “quienes se besan se detienen a suspirar y luego se besan de nuevo. / Los doctores suspiran en las heridas y el flujo sanguíneo cambia para siempre. / Las flores suspiran y dos abejas a mediodía flotan hacia atrás”. El pensamiento hecho carne. En otros poemas de la serie, el deseo de trascendencia se solapa a otros anhelos, como la nostalgia. “Vacaciones de primavera” evoca una madurez recordada con remordimiento, con esa mezcla de memoria y deseo a la que alude Eliot en su más celebre poema: “Durante el sexo se aferra al cuerpo del hombre como azotada por un viento” (“Mia Moglie”). La serie “Sublimes”, rica en connotaciones, surge tras los textos en prosa de “Espuma (Ensayo con rapsodia)”. De hecho, alrededor de un tercio de este volumen está escrito en prosa. “Toda salida es una entrada”, es una re-lectura de los episodios de la Odisea que sugieren que el sueño puede ser una forma de psicodrama. “Quad”, establece un diálogo platónico con la obra homónima de Beckett, e incluso adopta esa economía tan beckettiana que parece desafiar: “Alejarse es la clave. Incluso las marcas claras parecen estar siempre alejándose”. El ensayo que da título al libro que nos ocupa versa sobre tres escritoras, tema que desarrolla en la posterior “Ópera en tres actos”. En “Decreación: de cómo dicen Dios mujeres como Safo, Marguerite Porete y Simone Weil”, sus protagonistas son mártires de la costumbre, mujeres que desafían la tradición y toda forma de prudencia: “Necesitamos poder llamar neuróticos, anoréxicos, patológicos, sexualmente reprimidos o falsos a los santos. Estos juicios santifican nuestra propia supervivencia”. Tales figuras transgresoras “saben lo que es el amor. Es decir, saben que el amor es la piedra de toque de una verdadera o falsa espiritualidad”.

En estos ensayos, se da algo a la vez más complejo y más poético que la mera teoría. Estas piezas muestran en lugar de decir; se sacrifican la argumentación y la acumulación lógica en aras de la intuición. El férreo control técnico reduce la expansión del pensamiento a la idea. La redacción de sus ensayos sucumbe a la disciplina poética; un proyecto extraordinario que lo mismo subvierte la monotonía de la crítica literaria que cuestiona el papel y los límites de la poesía misma. El diálogo reproducido en “El guión de E y A” es símbolo de la falta de gracia y alegría del comportamiento humano. Inmisericorde es su descripción de la ataraxia existencial del mundo tangible. En “Gnosticismos”, cuyos paisajes nocturnos evocan el canon de la lucha espiritual, “abres / la ventana (ya tarde) hay un resuello, / ese frío olor antes de dormir, techos”; mientras que en otra noche, el rostro de Coetzee, “disfrutando / glacialmente ante ti en la mesa de los profesores”, es “un cristal astillado, aún sin desprenderse”.

La traducción al castellano de Jeannette L. Clariond sabe mantener ese raro equilibrio entre auto-control y entrega incondicional que caracteriza a la mejor poesía. La poeta y traductora mexicana es capaz de evocar ese profundo lirismo que precede a las imágenes, ese “enjambre de claridad” que nos asombra. Difícil verter al castellano un volumen que pone a prueba la poesía misma, utilizando para ello toda la gama de posibilidades del discurso poético. Jeannette L. Clariond supera la prueba. Decreación logra seducir, sorprender y agitar al lector de poesía en castellano. Su autora, Anne Carson, es profesora de griego antiguo en la Universidad de Michigan. En español se han publicado La belleza del marido (un ensayo narrativo en 29 tangos) (Lumen, 2003,
trad. Ana Becciu) y Hombres en sus horas libres (Pre-Textos, 2007, trad. Jordi Doce).


Albertine

Quién mejor que un poeta (el Rimbaud que escribe “el yo es otro”) para retratar a los lectores de novela, que gustamos de vivir dentro de la piel de los personajes, al menos el tiempo que dura la narración. Nadie mejor que una poeta, Anne Carson, para reivindicar a un novelista, Marcel Proust (1871 - 1922), en un poemario: Albertine (Vaso Roto ediciones, 2016). Comparte la autora canadiense con el francés no sólo la afición por los juegos de palabras, sino también el fraseo hipnótico que se despliega inquisitivo a través de la página para dramatizar tanto las direcciones como las indirecciones del deseo.

“El nombre de Albertine no es un nombre común para una muchacha en Francia, aunque Albert se usa con frecuencia para un muchacho”. La voz de Carson, como la de Proust, invita a la interpretación y a la vez se resiste a ella. La de ambos, como la de Albertine,
la protagonista del segundo volumen de la serie narrativa En busca del tiempo perdido (1913-1927), se compone de las muchas chicas diferentes que resultan compartir el mismo nombre. Unas veces el daguerrotipo es hosco, otras radiante y sensual; la mirada del francés se detiene en la rosada punta de la nariz felina; sus ojos se deslizan por las mejillas de la amante como si fueran la superficie de una miniatura. La cordura de Marcel depende de Albertine, por lo que acaba perdiendo el control sobre sí mismo: “Albertine miente tanto y tan mal que Marcel cae en el juego. Él también miente”.

Como podemos comprobar, la traducción al castellano del poeta Jorge Esquinca (México DF, 1957), del original inglés, comparte un ADN imaginativo que se anuncia a sí mismo en cada nivel de escritura, a partir de ecos que se ondulan en unas páginas que cambian en función de quién las lee, cuándo y por qué: “Albertine guarda todas sus cartas en el bolsillo del kimono que, justo antes de dormirse, arroja despreocupadamente sobre una silla en el cuarto de Marcel. La verdad acerca de Albertine está así de cerca. Marcel no investiga.

El conocimiento de otra persona es así de insoportable”. Su versión de Anne Carson mantiene los pies sobre la tierra y la Albertine que emerge de ellas es una mujer terrenal, un personaje de nuestro tiempo, que oscila entre lo noble y lo rebuscado, lo arcaico y lo meramente kitsch. Surge de este poemario “una de esas fotografías que apenas despiertan un pasivo interés y luego se olvidan; como dice Barthes, una fotografía sin fisuras en la superficie, sin punctum para atraparte y perturbarte”. Al imaginar lo que sería escribir como otra persona, Proust descubrió lo que era escribir con voz propia. El compromiso del francés, al igual que el de la autora de Decreación (Vaso Roto, 2015. Traducción de Jeannette L. Clariond), es con la variedad del mundo; con una voz única que nos
permita recuperar el tiempo perdido. Esta versión es un trabajo bien hecho; el de Anne Carson, un acto de amor.

El placer y el dolor de la creación

Curiosa poesía la de Carson: una especie de ritmo rige los versos, que tira y afloja apoyándose en la puntuación, una música a la deriva a través de sus páginas. La tensión se construye en crescendo y luego se deja esfumar en la nada. Casi podría convencernos de que esa melodía es la totalidad de la vida. ¿Podemos disfrutar de una autora como Anne Carson? ¿Seremos capaces de entenderla? La idea de que la poesía pertenece a un grupo selecto es extraña e innecesaria porque para mí, su poesía es, sobre todo, humana.
La pérdida, el deseo, el amor. La autora captura esos sentimientos tan perfectamente, que ¿cómo no vamos a ser capaces de entenderlos? Tal vez sea en parte por culpa de los novelistas que hemos llegado a imaginar nuestras vidas como secuencias. La poeta nos ofrece fragmentos de lo que parece arbitraria y ciertamente no explícito, y nos deja libertad para ordenarlos. Este es un viaje fascinante, no sólo a través de su entorno, sino a través de su terreno emocional extremo, lo que refleja el flujo y reflujo de sus estados de ánimo, desde el ardor y el deseo de la creación hasta el agotamiento y la enfermedad. Es el poder de la mente humana en todo el placer y el dolor de la creación lo que se captura de manera tan elocuente en estas páginas.

Talsi, Letonia, 2016