Divinas comedias en Tendencias 21



James Merrill‎ (Nueva York, 1926 – Arizona, 1995) publicó en 1976 su séptimo poemario, Divinas comedias, con el que obtuvo el premio Pulitzer de poesía en 1977.
 
Algunos de los poemas del libro habían aparecido ya en prestigiosas revistas, como “Lost in traslation” (“Perdido en la traducción”) –considerado uno de los grandes poemas de la literatura americana del siglo XX–, que apareció en The New Yorker (1974).
 
Gracias a la edición bilingüe de Divinas comedias (Vaso Roto, 2013), con traducciones de Jeannette L. Clariod y Andrés Catalán, podemos leer a este autor al que Harold Bloom incluye en La escuela de Wallace Stevens. Un perfil de la poesía norteamericana contemporánea (Vaso Roto, 2011).
 
Para Bloom, “sin duda estamos ante un artista del verso comparable a Milton, Tennyson y Pope, y que será recordado como el Mozart de la poesía estadounidense, es decir, como un clásico del Manierismo o el Barroco, maestro de la cambiante luz, manifestación de una perfección que destruye”.
 
La lectura de Divinas comedias nos trae a la memoria las palabras que Proust escribía en el prefacio de Contra Sainte-Beuve:
 
En realidad, al igual que sucede con las almas de los difuntos en ciertas leyendas populares, cada momento de nuestra vida, tan pronto muere, se encarna y se oculta tras algún objeto material. Y allí permanece prisionero, eternamente prisionero, a no ser que demos con el objeto. A través de éste lo reconocemos, lo llamamos, y queda liberado. Es perfectamente posible que el objeto donde se oculta –o la sensación, ya que, con relación a nosotros, todo objeto es sensación– no lo encontremos jamás. Y así hay momentos de nuestra vida que nunca resucitarán.
 
La inteligencia no puede rescatar ese momento del pasado: “Es más, si hay algo que pueda resucitarlos, cuando resuciten con ella se verán despojados de poesía”. Cuando una sensación perdida se le escapa al poeta para siempre es como “renegar de los muertos que le tienden brazos impotentes y tiernos y parecen decir: Resucítanos”.
 
Vida y obra
 
En Divinas comedias, James Merrill lleva hasta sus últimas consecuencias las ideas de Proust. Su vida tiene también un cierto aire proustiano. La infancia recreada en los poemas nos evoca el Combray de En busca del tiempo perdido, cuando el niño espera cada noche a que su madre suba a darle un beso.
 
James Merrill nació en el seno de una rica familia –el padre, Charles E. Merrill, era socio fundador de la agencia Merrill Lynch–. Su niñez transcurre en lujosas viviendas en las que recibe una esmerada educación. Pero en este privilegiado ambiente suele faltar una pieza.
 
Sus padres, que disfrutaban de una intensa vida social, se separaron cuando el poeta tenía 11 años y se divorciaron dos años más tarde. Durante ese tiempo, James Merrill estuvo al cuidado de su institutriz, Mademoiselle, que le enseñó francés y alemán y le introdujo en la obra de Rilke, Valery y Proust.
 
El largo poema narrativo “Lost in traslation” representa la búsqueda de esa pieza que falta en el rompecabezas de la vida. Para el niño que está esperando la llegada de su puzle “llena de vacíos, la vida sigue,/ espejismo surgido de las escurridizas arenas del tiempo/ que cae en fragmentos en un mismo lugar”.
 
“Un verano sin padres es el rompecabezas,/ o debería serlo”; pero Mademoiselle está a su lado, dándole cariño y ayudándole a montar el puzle, a unir los fragmentos hasta que “la trama sea densa”.
 
En otro plano temporal aparece la sensación que Proust relacionaba con los objetos; en este caso es el sonido, el lenguaje, algo material que el arte rescata del olvido –“Con el tiempo todas las cosas se hacen música”, escribe Merrill en “Cataratas de McKane”, uno de los más enigmáticos poemas del libro–.
 
La lectura de Valery le trae a Merrill el recuerdo del poema “Palme” y la versión que Rilke escribió: “Sé/ a cuánta genuina felicidad renunció Rilke/ al tener en sus manos el original/ para verter con fidelidad el sentido profundo”.
 
La vida de Mademoiselle es otro rompecabezas que el poeta va completando a lo largo de los años. Así descubrirá casualmente que Mademoiselle, viuda de Verdún, hija de madre inglesa y padre prusiano, solo era francesa por matrimonio:
 
(…) Mi pobre Mademoiselle,
en 1939, a punto de tambalearse los cimientos
de este mundo donde “todos eran enemigos, todos amigos”,
conservó hasta el final, aunque firmada con sangre,
su paz como un vergonzoso secreto.)
“Schlaf wohl, chéri”. Su beso, Con el pulgar
bendice mi frente contra los sueños por venir.
 
Se arma el rompecabezas, pero falta una pieza en forma de palmera que el niño había guardado en su bolsillo. Tres situaciones autobiográficas se superponen en “Lost in traslation”: los recuerdos de la infancia en Estados Unidos, una escena en Londres, protagonizada por un médium capaz de adivinar que dentro de una caja está la pieza del puzle; y, por último, el tiempo y el lugar desde el que se evoca, Atenas, donde James Merrill residió largas temporadas con su compañero David Jackson.
 
Allí el poeta busca esa otra pieza, “Palme” de Valery, en la versión de Rilke: “¿Está perdida?, ¿enterrada?, ¿falta una pieza?/ Pero nada se pierde. O quizá todo sea traducción/ y cada parte de nosotros se pierde en ella”.
 
Composición de la edición
 
Divinas comedias, en esta edición, está compuesta por tres poemas breves –situados, estratégicamente, al principio, al final y en mitad del libro– y seis largos poemas narrativos, que giran alrededor de una historia que comienza de manera lineal hasta que, en un momento, se produce la ruptura.
 
Saltos espaciales y temporales, voces que nos llegan de otro tiempo, un lenguaje coloquial en el que abundan referencias culturales y literarias inmersas en el complejo transcurrir de la conciencia y la memoria exigen al lector que permanezca alerta y expectante; sin embargo, más de una vez tendremos la sensación de que apenas hemos rozado el misterio de algunos enigmáticos versos.
 
James Merrill se graduó en la universidad de Amherst con una tesis sobre la metáfora en Proust. Kimon Friar, su profesor y primer amante, que ejerció una gran influencia en su formación literaria, es evocado en el poema «Kimono», en el que resuenan los ecos de Keats y Cavafis: “Ocultas una sonrisa y citas un texto:/ Los deseos insatisfechos/ Persisten de una vida a la siguiente”.
 
“Campanadas para Yahya” es otro largo poema narrativo compuesto por nueve fragmentos, nueve campanadas –otra vez el sonido–. Una fecha, la Navidad, como nacimiento y revelación, enlaza las distintas partes. Atenas es el primer escenario en el que unos niños, siguiendo la tradición del día de Navidad, llaman a las casas «ansiosos de recitar, recitar, recitar lo que dijo el ángel».
 
Las campanas de la iglesia traen el recuerdo de las estaciones de tren, en un viaje hacia el sur con Mademoiselle para celebrar una Navidad colmada de regalos que el niño finge recibir con ilusión. Un nuevo salto – “Mientras llevo el té arriba a la terraza/ –el día es encantadoramente apacible y hermoso–/ transcurren treinta años”– nos traslada a otro espacio, Isfahán, y al tiempo en el que nace la amistad con Yahya, príncipe de una tribu:
 
¿Tal vez había vivido ya antes
otras vidas a tu lado? Un libro de bolsillo que leí
compara el alma con una piedra que rebota
y toca las aguas del mundo en varios puntos
a lo largo de una curva –Atlántida, Roma, Versalles–
donde los amigos se las arreglan para renacer juntos.
 
La evocación del instante en que conoce la muerte de Yahya traerá a la memoria un falso nacimiento, una parodia que el propio Yahya había urdido:
 
Los codos en el alféizar, enseguida nos pusimos a mirar
mientras tú te reías apoyado en la pared,
a mirar cual solemnes bueyes en un pesebre
ante el misterio.
 
Con la apariencia de un recuerdo de viaje, el poema “Yánina” recrea la historia del cruel Alí Pachá, anfitrión de Byron, que gobernaba a principios del siglo XIX esta ciudad griega. Al final un mago corta en dos a una mujer: “luego en medio de una exhalación general se repone/ como la vida de cualquiera”.
 
En “Versos para Urania” se evoca el bautizo de la hija de unos amigos griegos, emigrados a Estados Unidos, que viven en la planta baja de la casa de Merrill. Él va a ser el padrino de Urania, el bebé que ahora se halla «en el país de los sueños», ajeno al agitado ir y venir de la familia.
 
“¡En qué consumidores tan entusiastas os habéis convertido!”, se queja el poeta. El bautizo supone un nuevo nacimiento y el nombre elegido, Urania, musa de la astronomía y la astrología, se convierte en motivo para reflexionar acerca del misterio del universo y su lenguaje:
 
El nombre que te pondrán se debe a una ciencia
más cuyos elementos provocan vértigo
incluso, creo yo, al especialista.
Un insomne e inculto resplandor urbano
en todos nuestros horizontes convierte en esencial
esa retórica de estrelladas bestias y dioses
cuyas figuras, cuyo más mínimo fonemas, alcanzaron
su propósito a lo largo de amplísimos periodos.
Cada frase con una duración de treinta vidas aquí abajo.
 
Última voluntad
 
La primera edición de Divinas comedias incluía una segunda parte: “El libro de Ephraim”, una “Divina comedia” en la que Merrill es guiado por su propio Virgilio, Ephraim, el espíritu familiar, un judío griego, nacido en el año 8 d.C. que, a través de las sesiones de güija, les habla al poeta y a su compañero, David Jackson.
 
En el poema “The Will” (“Última voluntad”) podemos escuchar a este espíritu algo burlón cuyas palabras son transcritas con letras mayúsculas. A través de los movimientos de una taza en el tablero de la güija (“ESTE IGLU PATASARRIBA DE DISEÑO CHINO/ QUE BAILA VALS CON EL ALFABETO”) Ephraim hablará sobre la pérdida de una estatuilla, un ibis destinado a ser un regalo de bodas y que, por suerte, se ha perdido en un viaje pues, como advierte el espíritu, “ESTAS TORBAS PRESENCIAS DISEÑADAS PARA LOS MUERTOS/ CUANDO CAMBIAN DE MANO EXIGEN SACRIFICIO”.
 
Merrill incluyó “El libro de Ephraim” en la trilogía The Changing Light at Sandover (1978), que próximamente publicará Vaso Roto Ediciones. Junto a Ephraim, nos llegarán otras voces –alguna tan conocida como la de W. H. Auden– convertidas en excepcionales Virgilios que nos guiarán por esas “cosas del cielo y el infierno” donde el tiempo oculta eternamente una pieza del puzle. 


CARMEN ANISA